
Una cueva en el fin del mundo
La cueva era oscura y húmeda. El hombre calentaba sus manos cerca de un pequeño fuego mientras la lluvia caía a cantaros fuera. Su acompañante lo miraba fijamente, con sus dos ojos azules.
-¿Era muy querido para vos? -preguntó. El robot le sostuvo la mirada sin parpadear y sin contestar su pregunta. Por un segundo, desvió la mirada hacia el fondo de la cueva, donde yacía un gran bulto envuelto en una tela gris.
-Supongo que sí lo era. Gracias por dejarme pasar el rato acá, si esa lluvia me hubiera agarrado a la intemperie me habría pescado un fuerte resfriado- dijo el hombre sonriendo. El robot asintió y le pasó un plato de latón, con un trozo de carne y dos panes pequeños. El hombre continuó hablando mientras masticaba:
-Vi la huerta que cultivás ahí afuera, una maravilla ver tanta comida por estos días, no esperaba encontrar vivo a ningún botánico. Y este pan es una maravilla, es increíble los resultados que se obtienen cuando se amasa con ganas…
El hombre siguió con su letanía, pero el robot ya no lo escuchaba y buscaba algo dentro de un gran bolso. Cuando el invitado se percató de esto, el robot sacaba de la mochila un artefacto pequeño y se lo tendía sobre la palma, perfectamente extendida. El hombre lo agarró. Era una grabadora de voz, de las antiguas, a baterías. El robot hizo un ademán y asintió con la cabeza y el invitado oprimió el botón de reproducción. Luego de un leve sonido de estática, se hizo reconocible la voz cambiante de un adolescente:
Grabo este mensaje sabiendo que mis días están contados y que Tuerca cuidará de esta grabadora en los días venideros. Su reproductor de voz está dañado y no tengo los conocimientos para repararlo, pero pueden confiar en él, es un gran hombre. Lo conocí cuando era un niño y viajamos juntos por incontables lugares, superando miles de obstáculos. Me cuidó durante muchos años y lo hará hasta el último de mis días, porque cultivamos una hermosa amistad. Su propósito siempre fue proteger a los humanos, posee un gran corazón. Tengo razones y pruebas suficientes para creer que soy el último humano vivo en el planeta. En todos estos años, no he visto ni a uno de los nuestros. Venimos del norte, siguiendo el rumor de un asentamiento cerca de la frontera, en el sur. Este quizás sea el último mensaje de la humanidad en este mundo. No deseo que sea solemne, sino útil. Quiero creer que hasta el último de nosotros puede ser una buena persona.
Los ojos del robot estaban fijados en los del hombre y lo miraban intensamente. El hombre, con la mirada clavada en el suelo, asintió varias veces, antes de elevarla, con la aflicción marcada en el rostro.
-Lo siento mucho…Tuerca. -sonrió levemente- Bonito nombre. Pero… tu amigo estaba equivocado, evidentemente. No es el último humano, en realidad, quedamos bastantes. Existe el asentamiento, a unos trescientos kilómetros de acá. Ahí es a donde me dirijo. Si así lo deseás, podés acompañarme-. El robot dirigió la mirada hacia el bulto del fondo y negó despacio con la cabeza.
-De acuerdo-dijo el hombre, levantándose del suelo- dado que la lluvia está menguando, voy a continuar mi camino-. El robot se paró rápidamente y lo cogió del brazo, leve pero firmemente. Miro rápidamente al cuerpo y luego al hombre, varias veces.
-Esta bien, te voy a ayudar, pero después me voy.
El robot le soltó el brazo y sonrió. Juntos caminaron hacia el fondo de la cueva y estiraron el cuerpo. Sin hablar, comenzaron a juntar piedras.
Mientras apilaba piedras sobre las piernas del muerto, el hombre le revisó disimuladamente los bolsillos, y en ellos encontró un pequeño colgante, con una medalla. En ella, estaba inscripto el nombre Pablo. Como no supo que decir, prefirió no decir nada. Al cabo de unos minutos, el trabajo estaba casi terminado y se acercaba el momento de despedirse. Buscando reconfortar al robot, el hombre dijo:
-Mira Tuerca, la verdad es que Pablo parecía un buen chico– al robot se le escapó la piedra que tenía en las manos y dejo escapar un ruido parecido a un suspiro. Se alejó hacia el fuego y se sentó en el suelo, mirando fijamente las llamas. El hombre lo siguió, dubitativo, y se sentó a su lado.
-Escuchame, Tuerca- le dijo, y sonriendo continuó- creo que es demasiado tarde para volver al camino, me gustaría pasar la noche acá si no te molesta.
Los ojos azules se posaron en él y el robot hizo un ademán afirmativo. No volvieron a hablar esa noche, ya que el hombre cayó preso del sueño rápidamente.
Los tibios rayos de sol del otoño despertaron al hombre muy entrada la mañana. No había señales del robot en la cueva, por lo que prosiguió a recoger sus cosas y marcharse. Antes de irse, dejo el colgante de Pablo sobre su tumba de piedras.
Al salir de la cueva, encontró al robot de cuclillas, trabajando en la huerta. Al escuchar sus pisadas, este se paró y lo miró.
-Gracias por tu hospitalidad, Tuerca. Ha sido un verdadero placer ayudarte a despedir a tu amigo -sonriendo continuó- me llamo Lorenzo, por cierto-. Le tendió una mano al robot, quien se la estrechó lentamente.
Sin dejar de sonreír, palmeó al robot en el hombro, se dio la vuelta y emprendió su camino, siguiendo un pequeño riachuelo que fluía a un costado de la colina donde se encontraba la cueva.
A pesar de que nunca miró hacia atrás, Lorenzo supo que había dos ojos fijados en su espalda, todavía al costado de la huerta, exactamente en el mismo lugar que los había dejado.
Un hombre llega a una cueva y encuentra a un robot y al cadáver de una persona. Estos pensaban que eran los últimos supervivientes del mundo pero no era así.


