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Un hombre caminando solo por una ruta en la noche nevada

El vigilante

por Juan7 min de lectura

1: Grisha.

Se levantó rápidamente del sillón y apagó el televisor de un manotazo en el momento en el que el mariscal de defensa terminaba su conferencia. Cerró las manos formando dos puños apretados e inspiró con fuerza.

Las dudas lo atacaban constantemente hacía meses. Eje, aliados, ¿Quién tenía la razón? ¿A quiénes debía apoyar su patria? ¿Era correcta la decisión de su gobierno de apoyar a los aliados?

Se colocó su abrigo de cuero, y salió de la cabaña en la que vivía. Afuera, una tibia nevada indicaba que terminaba el invierno. Encendiendo un cigarrillo, recordó que en la guerra civil no había dudado. Se había enlistado en el primer llamado y luchó con bravura los dos años que pasó en el frente. Se había ganado el respeto de su país y con ello un par de medallas.

Caminó las dos cuadras que lo separaban del bar y al llegar pidió un trago. Necesitaba pensar y el bar era un buen lugar para ello. O tan bueno como cualquier otro.

Pasó toda la noche hundido en la barra y en sus propios pensamientos y por la mañana ya había tomado una decisión: sus antiguos ideales estaban equivocados y los nuevos objetivos de su gobierno también. Resolvió que su participación en la gran guerra había contribuido a la errónea victoria de un régimen que no lo merecía y que dependía de él mismo enmendar sus errores. Sonrió todo el camino hacia su casa y silbó por primera vez en años. Luego de un largo tiempo, su vida volvía a tener un propósito. No recordaba lo mucho que le gustaba silbar.

Despertó al día siguiente sin un rastro de resaca y con la mente afilada realizó una lista de los elementos que iba a necesitar. Guardó todo en una mochila y salió afuera. Antes de partir, recordó que guardaba su viejo revólver en el sótano y corrió a buscarlo. El camino hacia Moscú era largo y le llevaría varios días. Y una vez allí nadie sabía que peligros podían acechar. Además, tenía un ministro que eliminar y un revólver ayudaba bastante.

2: Descenso.

—¡Hace un día hermoso camarada! Apenas nieva-. El granjero le sonrió.

—Gracias por llevarme camarada, pensé que nadie me levantaría- contestó Grisha y completó–hace un día hermoso en verdad, comienza la primavera.

El granjero viajaba a Moscú con un cargamento de papas y acordaron que Grisha no pagaría si lo ayudaba a descargar su mercancía. El recorrido fue agradable y el granjero era buena compañía, pero Grisha no pudo disfrutar del viaje. No tenía intenciones de ayudar al granjero, ya que él tenía un propósito mayor. Su gesta sería la única paga que recibiría aquel hombre y era más que suficiente.

Llegaron a la capital dos días más tarde. Recorrieron las sinuosas calles de una ciudad que evidenciaba la guerra. Había destacamentos militares en todas las cuadras y miles de soldados preparaban sus bolsos para partir hacia el frente. Grisha dedujo que las noticias de las recientes victorias eran ciertas y que el país preparaba la contraofensiva. Esto solo echaba más peso sobre sus hombros. Debía tener éxito a toda costa ya que el futuro de la guerra aguardaba en el cañón de su revólver.

En algún momento del recorrido, Grisha saltó del camión en movimiento y se escabulló entre la muchedumbre. Salió a parar a un callejón húmedo, donde decidió frenar a recuperar la calma.

Se descolgó el equipaje, lo apoyó en el suelo y se dejó caer lentamente mientras tomaba grandes bocanadas de aire. No logró enfocar la sombra que le arrebató la mochila, pero aun así salió disparado tras ella. La persiguió entre las sinuosas callejuelas con el cuchillo en la mano y a la vuelta de una esquina logró atraparla. Enterró el cuchillo en el vientre de la sombra mientras dejaba escapar un grito de furia.

Un grito que pronto se transformó en lamento, al visualizar la frágil contextura de un niño desangrándose en el suelo. Grisha retiró el cuchillo y lo limpió en la remera del niño. Pensando frenéticamente, se dispuso a esconder el cuerpo. Sabía que nadie lo había visto por lo que su misión no se veía comprometida. Miró a su alrededor y notó que se encontraba en el callejón más húmedo y oscuro que había visto en su vida, y que, además, estaba lleno de basura.

Se tomó un buen tiempo para esconder el cuerpo en la oscuridad absoluta de aquel hueco perdido entre los edificios. Hueco en el cual el sol se negó a entrar para no validar ese acto con sus rayos.

Un par de horas más tarde, ya había logrado escapar de las laberínticas calles de la ciudad profunda y se hallaba ante el Ministerio de Trabajo y Defensa. Cruzó la avenida y se encaminó hacia el gigante de concreto.

Dentro del edificio, se anunció ante la recepcionista:

—Buenas tardes, soy Grisha Voronin, vengo a ver al mariscal Zhúkov.

—Señor, no tiene agendada la visita.

—Por favor llámelo, él me conoce, se alegrará de verme.

—De acuerdo, espere un momento.

Grisha esperó unos minutos y finalmente, la señorita le comunicó que subiera inmediatamente, que el mariscal lo esperaba con ansias. Sonrió abiertamente y se encaminó hacia el ascensor.

3: Zhúkov.

—¡El gran héroe nacional Grisha Voronin en carne y hueso! Es un placer volver a verte-. El vozarrón del mariscal aturdió a Grisha y su barba le raspó la oreja al devolver el abrazo.

—En verdad han pasado muchos años, señor.

—Permíteme preguntar, ¿a qué se debe la visita? -preguntó Zhúkov, mientras señalaba dos sillones de su oficina.

—Quería visitarlo antes de despedirme, señor.

—¿Acaso te irás de viaje? ¿o se trata de una enfermedad? – preguntó el mariscal, visiblemente contrariado.

—Nada de eso –se rio Grisha- en verdad el viaje ya lo he hecho y jamás me he sentido más vivo en años.

—Pues entonces no lo entiendo- reflexionó el ministro, confundido.

—Le he traído un regalo, mariscal. De la guerra, es lo único que guardé y me gustaría que usted lo tuviera- dijo Grisha sonriendo, mientras recogía su mochila.

El disparo se escuchó en todo el edificio y en pocos segundos se desató el caos. Grisha estaba seguro de que moriría ese día, pero no se marcharía sin dar pelea. Se encaramó detrás del gran escritorio, y allí se defendió todo el tiempo que pudo. Finalmente, recibió varios impactos y se desplomó en el suelo, aun sonriendo. Jamás se había sentido tan vivo en años había dicho. Y era verdad.

4: Grisha, vigilante.

La luz aséptica y albina de su habitación lo despertó. Se encontraba acostado en una gran cama de sábanas blancas, en una habitación espaciosa, con un televisor colgando de una pared. En una silla junto a la puerta, un hombre lo miraba sentado con un periódico en la mano. Se colocó unos anteojos y leyó:

—“Aún no son claras las intenciones del héroe caído, Grisha Voronin, tras el intento de homicidio realizado ayer en el Ministerio de Trabajo y Defensa. El excelente trabajo de las fuerzas de seguridad logró abatir al criminal antes de que este lograra asesinar a ningún inocente. Nuestro honorable gobierno lamenta la caída en desgracia del ex comandante de compañía Voronin y ha resuelto quitarle sus múltiples condecoraciones. Autoridades nos han afirmado que el cuerpo ya ha sido cremado y que ahora solo queda olvidarnos del asunto”- el hombre alzó la vista del periódico y continuó- el mariscal ha muerto hace un par de minutos.

—Entonces gano, y un hombre habrá cambiado el curso de una guerra entera- respondió Grisha sin abrir los ojos, de forma serena.

—Un hombre no puede cambiar nada si está muerto, y usted Grisha, está muerto- el hombre lo miró por encima de los anteojos-. Me encargué personalmente que así sea. No necesito que me explique sus razones, hay tiempo de sobra para hablar y hoy estoy ocupado. Llamaré a la enfermera para que le traiga la cena, debe comer bien y recuperarse rápido, cuanto antes mejor, así comenzamos a trabajar. Usted es una oportunidad excelente para probar los nuevos métodos. –El hombre se paró y antes de irse, encendió el televisor.

En la pantalla, el mariscal de defensa respondía las preguntas de la prensa acerca del atentado a su vida y repetía que no había resultado herido ya que era un hombre valiente. Grisha miró bien, y leyó que el cartel ponía “Mariscal Zhúkov”. Excepto que este hombre era calvo y tenía una voz suave y aflautada. Cuando lo entendió, rio con ganas.

La enfermera acarreó la mesa con rueditas hasta la habitación indicada y al abrir la puerta dejó escapar un alarido aterrador. Sobre la cama, el paciente se había ahorcado con los mismos cables de la máquina que lo mantenía con vida.

Escrito por

Juan

Director narrativo de Los Desvelados. Obsesionado por las historias y las miles de formas de contarlas.

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