Buscar

Suscribite

Troncos de árboles iluminados de rojo vistos desde abajo, contra un cielo nocturno estrellado

El Prisionero

por Juan4 min de lectura

Toda mi vida he sido un prisionero. Toda mi vida he vivido en el mismo sitio.

Se donde nací, aunque me gustaría no saberlo, se dónde crecí, aunque me gustaría olvidarlo y se donde vivo, aunque sueño para evitar mirarlo. Y es esta, mi mente, la que más daño provoca. A fin de cuentas, ¿Qué causa más dolor, un golpe con una vara de madera en la espalda, o soñar que uno corre por la llanura mientras esto ocurre? Créanme, he sufrido ambas y sé perfectamente cual es peor. Uno deja de existir como un ser completo en el momento en que su propia mente lo traiciona. Por ello no pierdo mi norte, por eso todavía no he roto la brújula. Entiendo mi situación: mi celda es mi realidad y mi cielo es de hierro oxidado.

Hoy es un día soleado. En esta clase de días mi captor suele llevarme al patio. Odio ese patio aún más que mi celda. Es el lugar donde se humilla a todos los prisioneros.

Me hacen correr de un lado para el otro mientras me golpean, hacen, plural, porque mi captor nunca está solo, siempre tiene muchos amigos. Ellos celebran y vitorean cada humillación, cada caída al suelo y cada vez que me levanto con el rostro enlodado y el alma quebrada.

Me produce mucha pena estar solo porque no siempre ha sido así. Por un tiempo tuve un amigo. Me gusta recordarlo así, como mi amigo, a pesar de que no hablamos mucho. Al fin y al cabo, los dos nos reconfortábamos en silencio el uno al otro, sabiendo que compartida, la carga se hacía más liviana.

Un día, llevaron a mi amigo al patio. Lo tuvieron allí durante horas, mucho más tiempo del normal. Ese día había muchos extraños y gritaban con cientos de voces asustando a mi compañero, que se defendía mientras las lágrimas corrían por su rostro. Su sufrimiento se alargó hasta el atardecer y cuando el sol acarició el horizonte, su fuego se agotó. Cayó al suelo desplomado y el captor lo remató. Los amigos gritaron desenfrenados, algunos se pararon y aplaudieron. Y entre risas, abandonaron el lugar. Otro grupo se llevó el cuerpo de mi amigo y nunca más lo volví a ver.

Se huele en el aire. Hay clima de fiesta. Hace días que no me alimentan, ni que veo a mi captor.

Mientras sueño con imágenes de bosques que nunca conocí, se abre mi celda y entra mi captor. “Ha llegado tu día de ser una estrella pequeño” escupe, con una sonrisa. “Brinda un buen espectáculo, se un buen chico”. Palmea mi espalda, y hace señas para que me lleven al patio.

En el patio hay muchos amigos. Más que nunca. Todos me señalan y aplauden. Parece que soy la estrella después de todo. Mi captor hace su entrada, vestido con sus mejores ropas. Y de un bolsillo, saca el trapo.

El maldito trapo. Cuando era pequeño, el hombre tapaba mis ojos con el trapo y aullaba, aterrorizándome. Y el muy descarado lo muestra ahora, para darme una última lección de humildad.

Cuando aquel desgraciado agita el trapo, algo en mí se rompe. Esa mofa tan obvia, acompañada de aquella sonrisa fría, me hace recordar todo de golpe.

Corro e intento abalanzarme sobre él, pero él me elude fácilmente y me palmea en la cabeza, arrancando una oleada de risas de nuestro público. Esto solo logra enfurecerme, y, girando en redondo, corro hacia él una vez más. Esta vez logro tocarlo y veo un atisbo de miedo en su rostro, que logra disimular bien con otra sonrisa falsa. Lo miro sin sonreír y me acerco lentamente. Rápido como un látigo el me abofetea y yo caigo de rodillas y en ese momento, siento el frío recorrer mi espalda, y el dolor, punzante, del acero.

Con el puñal todavía en mi espalda, me acerco a mi captor, con pasos medidos. Con cada paso que doy en la arena, mi mente se aleja un paso más de aquel lugar y se acerca al bosque y la pradera. Al tercer paso caigo de rodillas y miro hacia delante. Ante mí, el verde de los árboles, detrás mío, el amanecer anaranjado. Dejo caer una lágrima y comienzo a reírme. Unos momentos después, llega el segundo puñal.

El matador, mira horrorizado el cuerpo sin vida de un toro que le sonríe, haciéndolo cómplice de la broma más perturbadora que haya presenciado en su vida.

Escrito por

Juan

Director narrativo de Los Desvelados. Obsesionado por las historias y las miles de formas de contarlas.

Ver sus cuentos

Otros cuentos